El inglés es el idioma de los negocios. El francés es el lenguaje propio del romance y el cortejo. El alemán es el habla de los filósofos. El español es el idioma ideal para hablar con dios, insultar al prójimo y jugar con el doble sentido de las palabras. En un discurso frente a la Real Academia de la Lengua Española, Gabriel García Márquez afirmó que sólo en “Ecuador hay 105 denominaciones distintas para el órgano sexual masculino”. Todo niño chilango aprende que el uso de las groserías está determinado por las circunstancias. Las referencias a la madre de un árbitro de fútbol son socialmente aceptables en un estadio lleno, pero serían muy inapropiadas en una liturgia religiosa. Así, los chilangos desarrollamos un instinto en el uso del lenguaje para discernir entre el vocabulario que se usa frente a los cuates y las palabras que se escogen para platicar con la suegra.
Mi padre no tenía los oídos castos y en privado, me toleraba el uso de cualquier expresión de nuestro rico lenguaje. Sin embargo, había un vocablo que le parecía intolerable: naco. La palabra censurada es la contracción de totonaco, la etnia indígena que vivió y vive en los estados de Puebla y Veracruz. Además de su origen semántico-racista, las cuatro letras son una referencia hiriente a una de las condiciones más jodidas de nuestra patria urbana y de nuestra patria a secas: el clasismo. En México, aplicamos una doble segregación del prójimo, por su origen étnico y por su nivel de ingreso. El uso cotidiano del término, como un insulto más de nuestro lenguaje, es una prueba del arraigo subconsciente de la discriminación. Con el tiempo, asumí la prohibición lingüística de mi padre como una regla personal en el uso del chilangoñol.
Tengo la esperanza de que algún día, al término naco le suceda lo mismo que la palabra nigger en el inglés gabacho. Hace medio siglo, cuando los afrogringos eran ciudadanos de segunda clase, nigger era parte del uso cotidiano del lenguaje. Su uso aparecía en las novelas de Tom Sawyer y los nombres de los mapas. Tras la lucha de los derechos civiles en los años sesenta, el térmico se convirtió en el insulto racista más hiriente del idioma. Hoy los periódicos y revistas de EUA censuran el vocablo con el eufemismo: the n-word. Si un político o un locutor de radio gringo se atreve a utilizar la palabra ante un micrófono, el desatino marcaría el fin de sus carreras profesionales. En unas décadas nigger dejó de ser un adjetivo de uso común, para convertirse en un agravio impronunciable e impublicable.
Abogar contra el uso de la palabra naco en nuestro país es como predicar la abstinencia sexual en una bacanal. En México, el locutor de radio apodado como el Panda Zambrano, les dice nacos a las personas del auditorio que le hablan por teléfono a su programa nocturno. Los radioescuchas devuelven el insulto con un seguimiento fiel de la transmisión que deriva en un alto raiting. La diferencia central entre los gringos y nosotros es que los vecinos de arriba, abrieron una discusión pública sobre el impacto de la discriminación en la sociedad. Aquí, la discriminación de mexicano a mexicano es un tabú incómodo que apenas se alcanza a discutir. Es el elefante en la habitación, cuya presencia pocos se animan a reconocer: somos racistas y clasistas, pero por favor no lo leas en voz alta.
No tengo credenciales de puritano del lenguaje y los excesos de corrección política me parecen un problema de estreñimiento verbal. Sin embargo, la palabra prohibida me recuerda las cosas que más me avergüenzan de mi país y mi ciudad. En una sociedad plural hay que andarse a tientas y con huaraches. Nuestra pluralidad urbana está marcada por barrios populares, ciudades pérdidas, colonias de clase media, vecindarios hipster y zonas residenciales. Desde Neza-York hasta L.A. (Las Aguilas), desde Iztapalacra hasta Santa Fea, nuestra urbe es un vasto conglomerado de desigualdades. La palabra naco me parece una forma cotidiana y coloquial de restregarnos en la cara la triste verdad de que en la ciudad y en el país, el suelo no está parejo.
Este post apareció en la columna Ser Urbano de la revista Chilango de Noviembre 2008.
