Una energía social, una fuerza abundante, una actividad inquieta, Alexis de Tocqueville definió así a la democracia. Más que una forma de gobierno, la democracia es una ruta civilizada para encauzar los fervores colectivos. Las pasiones sociales pueden engendrar revoluciones sangrientas o transformaciones serenas y profundas. Una protesta callejera o una urna repleta de votos son dos maneras de manifestar los ímpetus que afectan a una comunidad.
Hoy, una fracción importante de la sociedad mexicana se siente agraviada por un inventario de impunidades cometidas por políticos profesionales. Este sector ofendido de la ciudadanía ha decidido canalizar el descontento con una campaña de promoción del voto nulo. Las redes sociales de Internet han transformado este resentimiento individual en una efervescente masa crítica. Los opositores del voto nulo argumentan que el movimiento es un coro descoordinado, sin reclamos aterrizados en una agenda de propuestas. Tienen razón. El movimiento por la anulación del sufragio intenta enviar un telegrama en swahili a la clase política. A pesar del lenguaje confuso, el telegrama sí trae un mensaje concreto: es una señal de alerta. Esta protesta cívica carece de un pliego petitorio, pero sí comunica con mucha claridad un sentimiento de hastío. Menospreciar las manifestaciones emocionales es ningunear la naturaleza de nuestra especie. A los seres humanos nos mueven más las pasiones que las ideas.
Quienes perciben al movimiento del voto nulo como una amenaza a la continuidad del orden democrático, confunden el síntoma con la enfermedad. El hartazgo cívico es resultado de una brecha abismal entre gobernantes y gobernados. A los ojos de muchos ciudadanos votar por la alternativa que provoque menos nauseas, no parece ser la mejor manera de hacerse escuchar. Es cierto que hay diferencias de forma y fondo, entre cada uno de los partidos políticos. No podemos echar en el mismo costal a la mafia popis del Partido Verde, a los negocios privados de PT y Convergencia, con el PRI, PAN y PRD. Sin embargo, el sistema de partidos padece de una enfermedad común: el autismo. Incapaces de descifrar o entender los sentimientos de los ciudadanos, los partidos funcionan como mecanismos de representación de sus propios intereses. Indiferentes a las preocupaciones colectivas, cada partido contribuye para preservar el status quo, ante una sociedad que demanda un México distinto.
El telegrama ciudadano sirvió para ratificar el diagnóstico del autismo. En lugar de ver el movimiento como una masa politizada de ciudadanos con voluntad de participación y capacidad de construcción de redes, los políticos se dedicaron a pontificar con el dedo índice apuntando hacia arriba. Los regaños de los partidos confirmaron el síndrome que les impide ver, escuchar y sentir lo que preocupa a los ciudadanos.
Hoy en Irán, los jóvenes usan Facebook y Twitter para organizar protestas callejeras. En México, la nueva generación de ciudadanos usan estas tecnologías para llamar a las urnas y cancelar el voto o sufragar a favor de un candidato independiente. Me preocupa mucho más la indiferencia y el conformismo, que la convocatoria para acudir a las urnas para inutilizar la boleta electoral. Con votos nulos, independientes, razonados o comprometidos hay millones de compatriotas que miran a las urnas como un medio para transformar a México. Esa energía social, esa fuerza abundante y esa actividad inquieta me dan esperanza sobre el futuro de mi país.

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