Ayer en Reforma publiqué lo siguiente:
"...el sistema de partidos padece de una enfermedad común: el autismo. Incapaces de descifrar o entender los sentimientos de los ciudadanos, los partidos funcionan como mecanismos de representación de sus propios intereses. Indiferentes a las preocupaciones colectivas, cada partido contribuye para preservar el status quo, ante una sociedad que demanda un México distinto.
El telegrama ciudadano sirvió para ratificar el diagnóstico del autismo. En lugar de ver el movimiento como una masa politizada de ciudadanos con voluntad de participación y capacidad de construcción de redes, los políticos se dedicaron a pontificar con el dedo índice apuntando hacia arriba."
Ayer también me encontré que Milagros Pérez Oliva, defensora del lector en el diario español El País, publica una crítica al uso del lenguaje clínico como metáfora:
"Un periódico no sólo es una propuesta de jerarquía de la realidad, sino un modo de definirla, y lo hace con el lenguaje como principal herramienta. Pero el lenguaje no es neutro ni permanece estático. Refleja una manera de pensar y evoluciona con el tiempo, como el propio pensamiento… Un periódico tiene que ser sensible a la evolución social del lenguaje y evitar el uso estigmatizador de palabras como autismo, esquizofrenia, borderline o psicótico, que pueden causar daño."
Las palabras tienen vida propia. Pérez Oliva invita a pensar sobre los filos ocultos y bordes puntiagudos que puede tener una aparente metáfora inocente.

Pérez Oliva puede tener razón, sin embargo es también cierto que en ocasiones, un purismo desenfrenado y una corrección política rabiosa, han provocado una evolución forzosa en la terminología y el lenguaje.
Si somos estrictos, el hacerlo produce a sus vez un efecto inverso al etiquetar y estigmatizar a pacientes de manera despectiva, sea o no esa la intención.
Hace más de cien años, una mala observación calificaba clínicamente a los pacientes con Síndrome de Down como "Mongoloides", es decir parecidos a la raza de Mongolia y estrictamente hablando, al antiguo catálogo de la raza asiática. Este término fue seguramente el primero en desatar una polémica en la cual se defendía a esta raza en cuestión, de las "características negativas" de estos pacientes (retraso psico-motor, principalmente). La observación inicial era mala, insisto; pero el asumir a priori que el calificar con el mismo nombre a raza y pacientes era insultante, no nos deja muy bien parados como sociedad.
Hacia la segunda mitad del siglo pasado, la terminología médica que calificaba los niveles del "retraso mental" debió ser cambiada cuando términos [entonces] clínicos como imbécil, idiota y morón, se habían convertido en insultos.
El utilizar en la literatura o el periodismo, términos como autismo, esquizofrenia o borderline, no debiera a mi juicio ser penalizado hasta no leer el contexto. Dichos términos, que si bien son en sí un diagnóstico clínico, describen una percepción de la realidad o una conducta.
Una conducta autista, refleja una inadecuada capacidad de comunicación y de relación social. Si el contexto del uso del término no es peyorativo o insultante, no debiera estar mal el utilizarle.
En la esquizofrenia existe una percepción distorsionada de la realidad, en muchas ocasiones acompañada alucinaciones visuales o auditivas. Una vez más, el utilizar el termino en este contexto no es malo. El calificar a alguien o algo como "loco" o "peligroso" al llamarle esquizofrénico, sí lo es.
En el colmo del purismo (y la corrección política...) recientemente nos hemos enterado que los diabéticos... han dejado de serlo. Nuevas reglas "recomiendan" que el diagnóstico de un paciente no sea utilizado como gentilicio o "como adjetivo". Así hablaremos de ahora en adelante de "pacientes con diabetes".
Muchos grupos, sociedades y activistas de estos pacientes aún no lo saben. Ellos se siguen catalogando así mismos orgullosamente como... diabéticos.
Publicado por: Xavier Tello | 18 de julio de 2009 en 12:32