“¿En qué rama de la economía mexicana hay una competencia vigorosa, sin monopolios, duopolios o jugadores hegemónicos?” Hace unas semanas, le hice esta pregunta a un economista especializado en temas de competencia. Su respuesta fue un largo silencio. La conversación ocurrió en una conferencia, por lo que el panel y los miembros del público tuvimos que esperar varias docenas de segundos para escuchar la réplica. Finalmente, el experto en microeconomía tuvo un veredicto: “En el negocio de la comida. Hay mucha competencia entre restaurants, fondas y ese giro de establecimientos.”
El año pasado la revista Forbes hizo una encuesta para encontrar las ciudades del mundo donde se come más sabroso. El Distrito Federal quedó en el cuarto lugar global, apenas atrás de Paris, Roma y Tokio. La calidad de los chefs chilangos fue superior a sus pares de Barcelona, Hong Kong y Nueva York. En el Índice de Competitividad Internacional del IMCO, la economía mexicana quedó en el lugar 32 entre 48 países. El sondeo culinario de Forbes es la mejor noticia que ha recibido nuestro país de estas comparaciones internacionales. No me sorprende el éxito de nuestra gastronomía. Desde el changarro de tacos más sencillo hasta el bistró más cuco, en la Ciudad de México se cocina con gusto y magia. Nuestra ciudad capital es uno de los mejores lugares del planeta para darle alegría al paladar, a cualquier hora del día y la noche.
Al existir una multitud enorme de ofertas culinarias, un buen restaurantero está obligado a brindar un buen precio y un excelente servicio para poder sobrevivir. La destrucción creativa se encarga de aniquilar los negocios inviables y a la vez forjar nuevas oportunidades. La competencia fomenta la creatividad y la innovación. Los ganadores de todo el proceso somos los comelones y los consumidores. El lugar prominente de la Ciudad de México de la lista gastronómica de Forbes sería impensable sin el clima de alta competencia que existe en el negocio restaurantero.
¿Qué sería de la economía mexicana si tuviéramos el mismo nivel de competencia en la banca, las telecomunicaciones, la generación de energía eléctrica o la producción gasolina? Simplemente seríamos otro país. Tendríamos una economía con altas tasas de crecimiento y un incentivo permanente para invertir y mejorar el desempeño. Piensa en tu restaurant o taquería favorita, ¿tú banco o tu compañía de celular, te dejan con el mismo nivel de satisfacción?
La economía global cambia a una velocidad inusitada. En el 2010, China rebasará a Japón para convertirse en la segunda economía más grande del planeta. Por primera vez en la historia de la India, el sector de manufactura generará más riqueza que la agricultura. Para México, la noticia más importante del año será la tendencia decreciente de nuestra riqueza petrolera. Mientras no aparezcan noticias sobre la viabilidad de nuevos yacimientos de hidrocarburos, nuestro principal producto de exportación se extinguirá como fogata en noche de invierno. ¿Qué le vamos a ofrecer al mundo? ¿Tacos al pastor y chiles en nogada? Si no incrementamos la competencia en los principales sectores económicos, nuestro papel en la globalización tenderá hacia la irrelevancia. Ya se nos fue el primer tren del Siglo XXI, Brasil se subió al vagón y ya nos dejó atrás. El único consuelo que nos queda es que el mole negro es mucho más sabroso que la feijoada.
