El caricaturista belga Georges Rémi, mejor conocido como Hegré, es el creador de Tintín, uno de los comics clásicos de la Europa del Siglo XX. Tintín es un joven periodista y aventurero que viaja por el mundo rodeado de una maravillosa cosmogonía de personajes secundarios. Dentro de esta plétora de monos de reparto destacan dos policías bigotones que parecen hermanos gemelos, pero no lo son: uno se llama Hernández y su camarada Fernández. Nadie sabe sus nombres de pila. En el francés original los personajes fueron bautizados como Dupont y Dupond, en la traducción inglesa se les llamó Thomson y Thompson. En todas sus variantes lingüísticas estos policías, de bombín negro y traje del mismo color, destacan por una carismática imbecilidad. Ambos son unos idiotas entrañables. El dúo de ineptos siempre llega tarde a la escena del crimen, confunde la evidencia y son poco dados al razonamiento lógico. Hernández y Fernández son el prototipo perfecto de la ineptitud policial. Con frecuencia, el proceder de las procuradurías mexicanas me recuerda a estos personajes de historieta.
Esta semana el procurador de justicia del DF, Miguel Ángel Mancera, reveló que la dependencia a su cargo está buscando a una persona del sexo masculino vinculado al asesinato de la niña Paulette Gebara. La declaración del procurador es un buen pitazo para que el nuevo sospechoso se esconda y permanezca en la clandestinidad. Sería deseable que los procuradores de justicia omitieran el uso de verbos en gerundio en sus declaraciones públicas: "estamos buscado, investigando, tratando, interrogando, etc." Sólo los resultados de las investigaciones deberían ser materia de conferencia de prensa y, de preferencia, con puros verbos en pasado: "atrapamos, presentamos, arrestamos". Sin embargo, la tentación de los reflectores es muy poderosa y ante la ausencia de resultados definitivos sólo se ofrece "información" sobre sus esfuerzos en gerundio.
Nuestras versiones locales de Hernández y Fernández tienen la tendencia de discutir ante los micrófonos las pistas, evidencias y líneas de investigación. Después del ataque contra el futbolista Salvador Cabañas, la PGDF hizo público que su supuesto agresor, el JJ, tenía documentos oficiales con siete identidades distintas. La policía capitalina se tomó la molestia de publicar cada uno de los nombres falsos que servían como disfraz del criminal. Telegrama urgente al JJ: "Ya no uses ninguna de tus siete identificaciones, la policía las conoce todas."
Para saciar el apetito de los medios de comunicación, el Procurador del DF se apuró a difundir la imagen y la identidad del JJ al día siguiente del crimen en el Bar-Bar. Días después de hacer público su nombre, alias y fotografía, la procuraduría se dedicó a catear una docena de domicilios donde residía el criminal. En esta ecuación, el orden de los factores sí altera el resultado. ¿No debería ser al revés? ¿Primero se catean sus residencias y luego se hace pública la identidad del criminal?
Las pifias ocurren durante y después de la investigación. Por influencia del famoso detective Sherlock Holmes, los jefes de la policía tienen un deleite intelectual en dar detalles excesivos sobre la manera en que atraparon a un criminal. El año pasado, fuerzas federales capturaron a Vicente Carrillo Leyva uno de los líderes del Cartel de Juárez. Un mando de la PFP hizo público el dato que se aprendió al personaje gracias a que su esposa no cambió de nombre para ocultarse. Consejo para las mujeres de los narcos: usen identidades falsas.
Estos no son errores de técnica criminalística, sino deficiencias profundas del sentido común. Pareciera que la prioridad de estas investigaciones judiciales no es atrapar al sospechoso, sino alimentar el ciclo de noticias con entrevistas y declaraciones de nuestros acicalados procuradores. Hernández y Fernández son torpes, pero simpáticos. La soltura de lengua de nuestras policías, no tiene ninguna gracia. Su torpeza es aliada de la impunidad.

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