Foto: Colección del Darmouth College
La Primera Guerra Mundial le quitó la vida a 21 millones de personas en 4 años. La epidemia de influenza de 1918 mató al mismo número de individuos en sólo 4 meses. La ciencia médica no ha logrado explicar como un virus de influenza normal se transformó en un asesino serial de proporciones globales.
En su genial libro, La breve historia de casi todo, Bill Bryson narra el intento desesperado por encontrar una vacuna para frenar la pandemia que ocurrió hace 90 años. Los conejillos de indias para probar la inoculación fueron 62 presos de una cárcel militar cerca de Boston en EUA. Si los reclusos sobrevivían a los experimentos recuperarían su libertad. La primera prueba fue inyectarles a los encarcelados fluidos del pulmón de un muerto por influenza. Después les rociaron los ojos, la nariz y la boca con un aerosol infectado del virus. Si aún no habían contraído la enfermedad, los doctores les aplicaban un exudado en la garganta con muestras tomadas de alguna víctima del mal. Por último se invitaba a un paciente enfermo para que les tosiera en la cara a los presidiarios. Ninguno de los individuos sujetos al experimento contrajo influenza. El único contagiado fue el médico que condujo los experimentos, quien falleció al poco tiempo. La hipótesis para explicar el hecho es que una versión no letal del virus había afectado a los presos unos meses antes. Su exposición previa a la enfermedad resultó ser la mejor vacuna.
De acuerdo al libro de Bryson, quedan muchas preguntas sin respuesta frente a la pandemia de 1918. Antes de que existieran los vuelos transcontinentales, aquel brote de influenza se propagó en varios continentes en muy pocos días. Después de quitarle la vida a docenas de millones de personas esta agresiva versión del virus se fue sin dejar mucho rastro. Estos enemigos invisibles, pueden desaparecer por décadas para reencarnar súbitamente en una variante más agresiva.
Como ciudad, como país y como especie enfrentamos a un enemigo desconocido e impredecible. Las decisiones drásticas que tomaron los gobiernos local y federal se justifican no por el número de contagios y defunciones, sino por el riesgo potencial que implica encarar una peste inédita.
La emergencia sanitaria ha provocado un extraño consenso entre los mexicanos. Ante la magnitud del peligro, la iniciativa privada, los sindicatos, la Iglesia y los medios de comunicación decidieron jalar para el mismo lado. Siempre habrá algún imbécil dispuesto a proferir una barbaridad o un loco ávido por difundir un rumor absurdo. Sin embargo, en los últimos días ha imperado la solidaridad y la sensatez. El miedo al contagio colectivo puso una pausa a las mezquindades cotidianas que marcan nuestra vida pública. El microbio de nombre mutante puso de acuerdo al gobierno y a la mayoría de la sociedad. Esa alianza es el único camino posible para transformar a un país que vive bajo las normas de la democracia. Lástima que una emergencia sanitaria fue la partera de este propósito común. Ante el acecho de la peste, al menos por unos días, los mexicanos logramos ponernos de acuerdo. ¿Cómo sería este país, si enfrentáramos a la pobreza o la corrupción con la misma enjundia con que encaramos a la influenza? ¿Qué México podríamos construir, si ese mismo espíritu colectivo se encausara para vencer otros desafíos?

