Los mejores viajes de mi vida han sido en bicicleta. Las travesías sobre dos ruedas transforman la percepción del tiempo y el espacio. Ochenta kilómetros son una distancia muy distinta, si se recorren con el impulso de un pedal que con la propulsión de un motor de combustión interna. En las vacaciones de Navidad del 2001, recorrí con tres amigos Cuba en bicicleta. La isla caribeña es ideal para el ciclismo. Hay una aceptable red de carreteras y la mayor parte del parque vehicular son carcachas de la época del dictador Fulgencio Batista.
Para llevar el viento a favor, iniciamos el recorrido en la ciudad de Santiago, al sur de la isla. El objetivo era llegar, 900 kilómetros después y 15 días más tarde, al malecón de La Habana. El recorrido diario terminaba al atardecer, después de pedalear por unas 5 horas. Si no hallábamos un hotel al anochecer, procurábamos la generosa hospitalidad que prodigan los cubanos. Los ciclistas pedíamos posada en alguna casa a la orilla del camino. A cambio de dormir en algún sofá pagábamos como 25 dólares por cabeza.
Sin embargo, en Cuba, dar asilo a un extranjero en una casa propia es un crimen que se castiga con la expropiación del predio. Sólo los hogares que pagan una licencia especial al gobierno pueden ofrecer servicios de hospedaje y alimentación en sus viviendas. La policía ofrece recompensa a los vecinos que delaten “el alojamiento ilegal de extranjeros.” Al pedir posada, la gente con miedo a ser delatada nos refería a la casa más cercana con “permiso del estado” para dar servicios de pensión. En otras ocasiones nos pedían que entráramos a escondidas por la puerta de atrás.
-¿Por qué se arriesga tanto para darnos alojamiento? le pregunté a un padre de familia que nos ofreció su sala como habitación. -Yo gano 50 dólares mensuales. Ustedes me ofrecen 100 por dormir aquí. En una noche me gano mi salario de dos meses. ¿No haría usted lo mismo? No estoy haciendo nada malo, no le estoy robando nada a nadie, bueno, tal vez un poco de plata a Fidel. Al día siguiente salimos al alba, con la discreción de un fugitivo, para evitar testigos de nuestra complicidad criminal contra el Estado cubano.
Mientras nos ayudaba a conseguir hospedaje en otro pueblo, un hombre de unos 50 años me dijo: -Los mexicanos, como los cubanos, arriesgan su vida por ir a Estados Unidos. Ustedes cruzan un río, nosotros el mar. La diferencia es que después, los mexicanos pueden volver a su país. Yo no conozco a un solo cubano que haya vuelto por voluntad propia a esta isla. Los que se van, nunca regresan. Aquí sólo vuelven los turistas y los deportados.
Una mañana los ciclistas amanecimos con mucho apetito -Nos gustaría desayunar huevos revueltos. La señora que nos dio asilo, nos miró como si quisiéramos comprar armas nucleares. -Eso va a ser muy difícil. En este pueblo no hay huevos. Ofrecimos 40 dólares por unos huevos revueltos para cuatro personas. La mujer salió con el dinero en la mano y volvió una hora después: -Sólo encontré un huevo, pero podemos hacerlo crecer con harina de soya para matar el hambre. En un pueblo con varios miles de habitantes, tampoco había leche, verduras y frutas. Carne ni soñar. ¿Pan? Una pieza al día por persona. Las raciones de arroz y frijoles dan apenas la ingesta de calorías mínima para una dieta de subsistencia. La escasez de alimentos era tan brutal, que ni siquiera había mercancías suficientes para comerciar en el mercado negro. El gobierno cubano expropia hasta los huevos de las gallinas, así que la gente no tiene incentivos ni para tener animales de granja.
Entre el bloqueo comercial de los gringos y las estupideces económicas del comunismo, muchísimos cubanos viven al borde de la pobreza. Fidel Castro intentó darle a su pueblo justicia y dignidad. El viaje en bicicleta me dejó la certeza que su misión fue un fracaso absoluto. Para colmo del naufragio, en el jardín del comandante nunca floreció la libertad.
