El pasado 21 de marzo, cuatro policías de la ciudad de Oakland California fueron asesinados en la persecución de un fugitivo. Los funerales de los uniformados se llevaron a cabo unos días después en un estadio de basquetbol. Más de 18 mil personas abarrotaron la arena para despedir a los uniformados. La capacidad del recinto quedó totalmente rebasada y otros miles de asistentes tuvieron que presenciar la ceremonia en pantallas gigantes afuera del recinto. El gobernador del estado Arnold Schwarzenegger estuvo presente en las exequias. El presidente Obama envió una carta con sus condolencias. Las cadenas de televisión cubrieron el evento en vivo y el homenaje fue noticia nacional.
Una semana antes de que estos cuatro uniformados fueran asesinados en Oakland California, en la Ciudad de México también murió un policía. El oficial Luis Fernando Corona Mercado falleció cuando un conductor alcoholizado lo arrastró en el cofre de su coche por más de un kilómetro sobre Avenida de los Insurgentes. El policía Corona Mercado tenía 20 años de trabajo en la corporación con una hoja de servicios limpia. Sus exequias ocurrieron el 13 de marzo, en el patio central del sector Plateros en la delegación Álvaro Obregón. Marcelo Ebrard no asistió a la ceremonia. Felipe Calderón no envío sus condolencias. El único funcionario de alto rango que asistió al sepelio fue Manuel Mondragón, el Secretario de Seguridad Pública del DF. La prensa le dio una cobertura mínima al funeral. Los habitantes del Distrito Federal fuimos totalmente indiferentes ante las honras fúnebres de Corona Mercado. Con la displicencia de autoridades y ciudadanos, el guardián del orden fue sepultado apenas en compañía de sus colegas y seres queridos.
En conversaciones con amigos y familiares escuché a muchas personas indignadas por la muerte del policía. Sin embargo, esa ira y tristeza común no tuvo un momento de manifestación colectiva. En el funeral de Oakland, los habitantes de la ciudad desbordaron un estadio para expresar el dolor por la forma en que murieron cuatro oficiales. Aquí, nuestro enojo se quedó en el ámbito privado. Somos una masa de individuos sensibles, pero desmovilizados. Un policía que protegía a la sociedad de conductores alcoholizados muere a manos de un borracho y nuestra reacción es rumiar el coraje para nuestros adentros. En los últimos años, el auge del crimen y la violencia han catalizado movimientos sociales inéditos como Iluminemos México. En una sociedad desmovilizada, una marcha de cien mil almas contra la delincuencia se convierte en un hito histórico.
Los consumidores, los contribuyentes y los ciudadanos vivimos en un estado de desmovilización permanente. Los escasos líderes sociales que buscan catalizar algún cambio tienen que luchar ante la doble indiferencia de gobernantes y gobernados. No cuento con encuestas y estudios que me permitan explicar la raíz de esta desidia colectiva. Tengo apenas una hipótesis nefasta: la democracia mexicana es una de las causas principales de esta apatía por el espacio público. Las elecciones competidas y plurales deberían ser una fiesta de participación cívica. Sin embargo, nuestras opciones ante la boleta electoral son un motivo para la aversión y la desidia. Una democracia que no genera una expectativa de cambio o un remedo de ilusión colectiva es una bomba de tiempo. Cada mes, en la Ciudad de México, muere un policía en cumplimiento de su deber. Ni sus funerales, ni las elecciones nos ofrecen motivos suficientes para levantarnos del sofá. ¿De quién es la culpa?
