“Tú debes ser rico” me dijo Angélica, una niña de siete años nacida en Estados Unidos e hija de inmigrantes mexicanos. “¿Por qué lo dices?” alcancé a preguntar, mientras la chavita husmeaba en las páginas de mi pasaporte. “Mi papá dice que sólo los mexicanos ricos tienen pasaporte. Los pobres llegan a Estados Unidos sin ningún papel.” Mi única respuesta fue un silencio atónito. Angélica jamás había pisado el país donde nacieron sus padres. Sin embargo, la niña ya sabía que había dos Méxicos muy distintos.
En el México donde nacieron los papás de Angélica, hay 44 millones de personas con un ingreso mensual menor a los 1,650 pesos. En ese país, hay que trabajar dos semanas para juntar el dinero necesario para comprar un pasaporte. Una hora de trabajo permite costear una llamada por celular. El salario de seis meses alcanza para una computadora. Todos estos datos son irrelevantes. En ese México no hay pasaportes, ni celulares, ni tecnología. En aquella nación, los pocos pesos se usan para allegarse de las calorías mínimas que se necesitan para sobrevivir. A veces ni para eso alcanza. Si se requiere de un préstamo de dinero, hay que pagar tasas de interés cercanas al 80% anual. Si hay una emergencia hospitalaria se pueden esperar hasta 48 en la sala de urgencias antes de recibir atención adecuada. Si los niños van a la escuela, los profesores asisten al salón de clases sólo 110 días de los 200 que dura el ciclo escolar. Un número minúsculo de estos infantes tendrá oportunidad de entrar a la universidad. Sin acceso al crédito, la salud y la educación no hay posibilidad de desarrollo. Ese lugar sin futuro es una trampa de pobreza que tiene bandera e himno nacional. Esa trampa de pobreza se llama México.
Los papás de Angélica huyeron de esta república de las carencias para que su hija tuviera un porvenir mejor. Ya lo lograron. Conocí a Angélica en la biblioteca de su escuela en las afueras de Seattle en el estado de Washington. Ella y sus compañeros de segundo de primaria hicieron una presentación sobre los temas que han aprendido en su clase de Economía. Los infantes me explicaron la diferencia entre “ahorrar” e “invertir” y dieron una divertida lección sobre las tasas de interés. Todos los niños del salón tienen la tarea de ahorrar un poco de dinero cada mes, para cumplir deseos de corto, mediano y largo plazo. Para Angélica el objetivo inmediato es comprarse un helado, en unos meses espera adquirir un gato y en unos años tener dinero suficiente para pagar la universidad.
