Ayer en Reforma publiqué lo siguiente:
"...el sistema de partidos padece de una enfermedad común: el autismo. Incapaces de descifrar o entender los sentimientos de los ciudadanos, los partidos funcionan como mecanismos de representación de sus propios intereses. Indiferentes a las preocupaciones colectivas, cada partido contribuye para preservar el status quo, ante una sociedad que demanda un México distinto.
El telegrama ciudadano sirvió para ratificar el diagnóstico del autismo. En lugar de ver el movimiento como una masa politizada de ciudadanos con voluntad de participación y capacidad de construcción de redes, los políticos se dedicaron a pontificar con el dedo índice apuntando hacia arriba."
Ayer también me encontré que Milagros Pérez Oliva, defensora del lector en el diario español El País, publica una crítica al uso del lenguaje clínico como metáfora:
"Un periódico no sólo es una propuesta de jerarquía de la realidad, sino un modo de definirla, y lo hace con el lenguaje como principal herramienta. Pero el lenguaje no es neutro ni permanece estático. Refleja una manera de pensar y evoluciona con el tiempo, como el propio pensamiento… Un periódico tiene que ser sensible a la evolución social del lenguaje y evitar el uso estigmatizador de palabras como autismo, esquizofrenia, borderline o psicótico, que pueden causar daño."
Las palabras tienen vida propia. Pérez Oliva invita a pensar sobre los filos ocultos y bordes puntiagudos que puede tener una aparente metáfora inocente.

