La Medicina, la Química, la Física, la Literatura y la Economía tienen el Premio Nobel. En el cine se entrega el Oscar, en periodismo el Pulitzer y en arquitectura el Pritzker. Desde el año 2007, el oficio de la política también tiene su máxima condecoración. No cualquier persona puede aspirar a ganar el premio Mo Ibrahim al liderazgo. El galardón está diseñado exclusivamente para reconocer el trabajo de ex jefes de estado africanos que ayudaron al desarrollo de sus respectivos países. Cleptócratas, tiranos con ambición de perpetuidad y violadores de derechos humanos favor de abstenerse. El candidato ideal debe ser un ex mandatario honesto que promovió la educación y salud de sus habitantes, respetó la ley y dejó a su país en mejores condiciones económicas. Ningún otro premio en el mundo ofrece tanto dinero a su ganador: 5 millones de dólares durante una década y 200 mil dólares anuales por el resto de la vida. El reconocimiento es una generosa pensión vitalicia para un gobernante que cumplió cabalmente con su encomienda de liderazgo. En octubre pasado, el ex presidente de Mozambique, Joaquim Chissano copeteó su jubilación al ganar la primera entrega del galardón. El premio no tiene una periodicidad secuencial, la próxima entrega será cuando haya suficientes aspirantes para merecer el reconocimiento.
La idea y el dinero del premio provienen de Mo Ibrahim. Este mecenas y empresario británico nacido en Sudán ha dedicado buena parte de su fortuna al desarrollo del continente africano. En septiembre del 2006, su empresa de telecomunicaciones Celtel lanzó la primera red transnacional de telefonía celular al unir a los consumidores en Kenia, Tanzania y Uganda. Para los usuarios de estos tres países los costos de roaming y larga distancia son un asunto del pasado. Los clientes hacen llamadas con precio de tarifa local y reciben telefonemas sin pagar costos extras. En un año, la red denominada “One Network” creció para abarcar 12 países en un área que es más del doble del territorio de la Unión Europea. En ninguna otra región del planeta, los consumidores de telefonía celular se han liberado de las barreras que imponen las distancias geográficas y las fronteras políticas.
México podría replicar algunos de los proyectos del inquieto y genial señor Ibrahim. Parece lejano que los usuarios de celular mexicanos tengamos las mismas ventajas que nuestros pares en países como Tanzania y Uganda. Sin embargo, el premio al liderazgo político resulta más viable de adaptar a la realidad nacional. El Nobel del buen gobierno se podría entregar cada tres años al ex-gobernador o ex-presidente municipal que se haya destacado por el desempeño de su cargo. Una lana y el prestigio del reconocimiento podrían funcionar como un buen aliciente para poner a competir a nuestros mandatarios locales.
La gran mayoría de los gobernadores sueñan con dar el brinco del Palacio de Gobierno al Palacio Nacional. En cada mandatario estatal tenemos un aspirante, con ambiciones discretas o impúdicas, para ser el próximo presidente de la República. El premio sería un diploma para colgar en el despacho y una medalla envidiable para presumir durante una campaña electoral. Ningún gobernante debería recibir un reconocimiento especial por actuar con honestidad y respetar la ley, estos son los requisitos mínimos para cumplir con su empleo. Sin embargo, aquí y en Mozambique, los seres humanos reaccionamos en función de incentivos. “Si los hombres fueran ángeles, no sería necesario tener un gobierno”, dijo James Madison. Si los ángeles gobernaran a los hombres tampoco sería necesario darles un premio.